
Entonces viene él y me besa. Yo no quiero que me bese. Pero viene y me besa igual. Sin que quiera, sin que se lo pida. Un beso tibio, húmedo, dulce. Un beso con gusto a chicle. Un sí sale de mi boca, la boca que él besó antes, sin que yo quiera, sin que yo se lo pida. Un sí que sale sin que yo quiera, sin que yo se lo pida y que hace que me sonroje. Martín me preguntó si quería ser la novia. Yo no sé bien bien lo que es una novia pero igual le dije que sí.
A partir de ese momento los días pasaron rapidísimo. Me hubiera gustado estirarlos como él estiraba el chicle con sus manos pegajosas en las horas de la siesta, cuando se escapaba por la ventana de su casa para venir a jugar conmigo.
“Cuando seamos grandes nos vamos a casar y vamos a vivir en una casa así de grande”- me dijo el última día mientras construíamos un castillito en la arena. Yo bien bien no sabía lo que era casarse pero le decía que sí con la cabeza porque a mi me gustaba el castillito y quería ser princesa.
“También te voy a regalar muchísimas joyas, así cuando vayamos a los bailes sos la más linda”- continúo, mientras me ayudaba a ponerme un collar de caracoles que me había hecho para que no lo olvide.
Yo le dije que él iba a ser mi príncipe y que seguro seguro me iba a tener que salvar de algún dragón, porque en los cuentos de princesas siempre había un dragón malo y un príncipe bueno. Él me dijo que los dragones no le daban miedo, porque él era valiente, pero que si en vez de un dragón era un cocodrilo estábamos fritos.
Es entonces cuando viene mi papá y me dice: -“Dale un beso a tu amiguito que nos tenemos que ir.” Y cuando dice ir es “ir ir”, no irnos a casa a bañarnos, sino irnos a casa-casa a darle los alfajores a los abuelos. “Me tengo que ir” –le digo a Martín, aunque yo no quería . Yo quería quedarme en la playa con un collar de caracoles al cuello, bailando con Martín en nuestro castillo de arena.
Le doy la mano a mi papá y ¿Ves Martín? No te olvidé.
A partir de ese momento los días pasaron rapidísimo. Me hubiera gustado estirarlos como él estiraba el chicle con sus manos pegajosas en las horas de la siesta, cuando se escapaba por la ventana de su casa para venir a jugar conmigo.
“Cuando seamos grandes nos vamos a casar y vamos a vivir en una casa así de grande”- me dijo el última día mientras construíamos un castillito en la arena. Yo bien bien no sabía lo que era casarse pero le decía que sí con la cabeza porque a mi me gustaba el castillito y quería ser princesa.
“También te voy a regalar muchísimas joyas, así cuando vayamos a los bailes sos la más linda”- continúo, mientras me ayudaba a ponerme un collar de caracoles que me había hecho para que no lo olvide.
Yo le dije que él iba a ser mi príncipe y que seguro seguro me iba a tener que salvar de algún dragón, porque en los cuentos de princesas siempre había un dragón malo y un príncipe bueno. Él me dijo que los dragones no le daban miedo, porque él era valiente, pero que si en vez de un dragón era un cocodrilo estábamos fritos.
Es entonces cuando viene mi papá y me dice: -“Dale un beso a tu amiguito que nos tenemos que ir.” Y cuando dice ir es “ir ir”, no irnos a casa a bañarnos, sino irnos a casa-casa a darle los alfajores a los abuelos. “Me tengo que ir” –le digo a Martín, aunque yo no quería . Yo quería quedarme en la playa con un collar de caracoles al cuello, bailando con Martín en nuestro castillo de arena.
Le doy la mano a mi papá y ¿Ves Martín? No te olvidé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario